El Grau macho

Jorge Vela me dice que ha llevado sólo 2 soles al estadio y que ya ha tomado media caja de cerveza. Me acaba de lanzar un silbido desde la esquina del estadio y  me ha reclamado por no haber ido a la reunión del “Sentimiento Albo”, la barra más grande del Atlético Grau de Piura. Le digo que ese jueves estuve ocupado y que se me olvidó por completo la cita. Sonríe y siento que no me cree nada. Huelo a gente brava.

 

Aquí en la fila de ingreso a la tribuna de oriente hay cientos de caras pintadas. Hay banderas, papeles, cintas y muchachitos con lentes oscuros. Forman en dos filas porque hoy  la entrada es 2×1 para la barra. Un dirigente selecciona a los hinchas y les exige orden para que puedan entrar sin problemas. Hay risas y carcajadas. Hay poses para mi cámara de fotos. Mi dedo índice comienza a trabajar, y ahora tengo ojos por todos los lados de mi cuerpo. Jorge Vela, el presidente de la barra, me ha dejado solo. Estoy rodeado de caras nuevas.

 

 

 

 

 

 

La primera advertencia me la da un policía. Me dice que no me descuide con la cámara. “Ya hablé con el jefe de barra”, le respondo. Y ahora pienso en los años viejos. Recuerdo cuando, de niño, esperaba el domingo para ir al estadio con mis amigos. Cuando explotaban petardos en mi cara. Cuando reía por alguna frase que lanzaban desde la tribuna. Pienso en aquellos buenos tiempos.

 

 

Aquí todo retumba

 

Estoy sentado junto a cientos de personas. Huelo a cañazo, a pólvora y a pescado. La gente come antes del partido y toma en chicha en botellas de plástico. Aquí en la tribuna de Oriente sólo hay dos policías cuidando, el resto vigila detrás de la malla. Los perros descansan bajo este sol de la 1 de la tarde.

 

He encontrado otra vez a Jorge y le digo que me presente ante los demás; que les diga que voy a gritar como ellos, pero que también les tomaré fotos. Lo hace y ahora ellos me miran con recelo. “No te preocupes, causa”, me dice un joven de gorra roja.  Suena un pito agudo y la barra grita con el estómago. Saco la cámara con miedo y me muevo a pasos lentos entre toda la gente. Comienza el partido.

 

Jorge salta de lado a lado y los cánticos acompañan todo el juego. El bombo es un complemento que origina alegría pura. Aquí hay felicidad y varios ojos rojos. Aquí hay gente eufórica y olor a hierba. Aquí la gente ve varios partidos en su cabeza. Aquí alguna gente alucina con ayuda extra.

 

 

 

 

 

 

Tomo más fotos y la gente me ayuda con poses cada vez más extrañas. Pienso en miles de cosas. Aparecen rostros y voces que quisiera que estuvieran aquí conmigo. Quiero que vean lo mismo que yo. Siguen apareciendo por las gradas varios niños con ropa desgastada. Tienen las costillas infladas. Tienen la piel seca y pegada a los huesos. Tienen un canto en su mente que repiten imitando a sus mayores. Me piden una “quina” para sus bodoques. Y yo compro al lado de ellos.

 

 

 Mándame esa foto, pues

 Entre foto y foto sigo sintiendo varios ojos extraños. Siento las miradas clavadas en mi cara. Han saltado dos veces sobre la malla del estadio para gritar los goles albos. Veo el registro de fotos y pienso que varias me servirán para el proyecto que tengo en mente. Ellos me miran y comienzan a posar nuevamente. Me piden que les tome fotos con sus amigos del barrio, con sus hijos vestidos de amarillo y blanco, con su bandera del equipo. Casi diez personas me acorralan cerca a la salida de la tribuna. Me entregan hojas amarillas con correos electrónicos. “Causa, mándame esta foto, pues”, repiten a coro. Sonrío nervioso y acepto gustoso las hojitas que me entregan.

 

El bolsillo del pantalón está lleno de papelitos rotos. Les digo que tengo que seguir trabajando, y trato de escapar de ellos. Siento el miedo a flor de piel y sólo espero que alguno de ellos dé el primer paso. Cuido la cámara y la sostengo fuerte nuevamente. “Ándate de una vez porque te van a robar la cámara”, me dice Jorge al oído.

 

Esquivo a uno y luego a otro, dribleo a un niño y a un vendedor de rosquitas. Salgo de la tribuna con una jugada de final de campeonato. “Sí compadre, yo mando las fotos en la noche a tu correo”, le he dicho hace unos segundos a la gente. Camino por la parte de atrás del estadio y veo que el movimiento en los chicheríos está a punto de comenzar. Hoy el Grau ha ganado y habrá negocio del bueno.  Y de pronto parezco estar en un lugar similar al de hace unos minutos en la tribuna. Como si fueran dos postales iguales. Allí en las mesas huelo otra vez a chicha y a pescado fresco. Aquí también veo gente brava. Esto es fútbol macho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribe un comentario